lunes, 1 de diciembre de 2008

América Latina repensada en tiempos modernos

Autora: Pilar Guerra Q.

¿Cómo interpretaría los conceptos de Modernidad, Modernismo y Modernización en el contexto de América Latina?

“La historia se vuelve un baile de máscaras” (Paz, 1992) que en América Latina cubre su rostro de inconformidad con un pasado colonial sentenciado cada día 12 del décimo mes. Una persistente actitud de prolongar el dolor de una añeja intromisión extranjera que marcó, indudablemente, su configuración de lo propio, autóctono. Esa cuestionada vinculación Europea permitió que en el siglo XIX América Latina experimentara los cambios que se sucedían en el viejo continente bajo los signos de la modernidad; una transición del hombre y la sociedad, un viraje en el modo de percibir al otro desde lo religioso, político, cultural, social, económico, vale decir, una nueva racionalidad.

Brunner, señala que la modernización arranca en América Latina durante el siglo XIX, “junto con la constitución de los estados nacionales y el incipiente desarrollo de la producción capitalista”, así mismo, sostiene el autor que en “el trasfondo de la modernidad hay toda una transformación de época y civilización, que trae consigo nuevas ideas, instituciones, experiencias y discursos”. Por otra parte, Huntington añade que “la modernización es un cambio radical y total de los patrones de la vida humana”. Esto nos lleva a ubicar en América Latina los cambios que el autor antes señalado caracteriza a través de la “industrialización, la urbanización, la movilidad social, la diferenciación, la secularización, la expansión de los medios de comunicación, incremento de la alfabetización y de la escolarización y una ampliación en la participación política”. Dichos aspectos quedan al descubierto hoy día al impulsar y sostener el proceso de globalización producto de una industria cultural y, por ende, de una cultura de masas que tiende a consolidarse con el desarrollo y avance de las tecnologías de la información y la comunicación. En este aspecto, Carlos Monsiváis (1954:158), manifiesta que “en todas partes la cultura de masas intenta volverse real a sí misma, haciendo que la gente experimente sus vidas de acuerdo a los modelos industriales”.

Con una sociedad más industrializada, la circulación libre de ideas a través de la producción en serie de textos, revistas, periódicos, entre otros, permitieron que el campo del arte y la literatura, se convierta en la expresión más representativa de la época, impulsando una corriente denominada Modernismo, un “fenómeno profundamente articulado al proceso de cambios que se estaba dando en las sociedades latinoamericanas de esos años” (Montaldo y Osorio, 1995), es decir, en el siglo XIX. Rubén Darío, Amado Nervo, entre otros poetas latinoamericanos se enfilan favorablemente a la nueva corriente del «modernismo» para identificar su “propuesta de un arte que responda a las demandas y condiciones de los tiempos modernos”. El modernismo sirvió de contexto para que otras latitudes conocieran la naturaleza creadora del hombre latinoamericano a través del arte y las letras. Martí muy claramente pone de manifiesto su inquietud al exponer ¿Cómo valorar la nueva libertad, así del hombre corriente como del artista, que llega rodeada de obligaciones nuevas, en fin, de un entorno social y moral diferente al conocido? ¿Representa esta etapa tan rica y compleja un avance o un retroceso?

Ya hemos señalado entonces, que la modernidad dio paso a la modernización de la sociedad latinoamericana, pese a los desencuentros de sectores antagónicos que resistieron los cambios y transformaciones del mundo hispano parlante. No obstante, “la modernización de algunos países latinoamericanos (progresiva industrialización, democratización de sus instituciones políticas, acceso de nuevos sectores sociales a la lucha política), habla de la constitución de un espacio público en el que el uso de la voz y de la escritura se diversifica”. Quizás la modernización de las estructuras sociales se haya entendido como el desplazamiento e imposición de nuevas concepciones del hombre frente a sus valores ético morales, sustentado en el capitalismo salvaje, la lucha del hombre contra el hombre, el desmoronamiento de la eticidad, toda una transfiguración del ser social inmerso en una corriente de complejidad que, sin lugar a dudas, va a dar paso a una nueva época histórica.

¿Cómo se relaciona el modernismo en América Latina con la necesidad de observar la diversidad cultural y cuál es el nuevo rol que se aspira de la educación?

Latinoamérica con sus características lingüísticas, étnicas, sociales, culturales, políticas, geográficas que la diferencian y la unen al mismo tiempo, no ha escapado a la onda planetaria de la globalización y los avances de las tecnologías de la información y comunicación. El crecimiento poblacional y el desarrollo de países industrializados en el hemisferio, permiten potenciar las posibilidades de expansión y consolidación de un nuevo bloque económico e inclusive ideológico. No es menos cierto, desvirtuar las nuevas corrientes del pensamiento que vienen surcando los aires de América Latina.

Venezuela con su diversidad multicultural ha enfilado una escalada político ideológica que se ha sentido su vibración en Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Guatemala, Costa Rica, Brasil, Uruguay, entre otras naciones con altos índices de población indígena. La modernización y por ende, el modernismo extrapolan no sólo el campo humanista, también las estructuras económicas, políticas, sociales, culturales, siendo particularmente trascendente las iniciativas que en materia de educación se emprenden para fomentar un hombre nuevo, más corresponsable con su entorno real. Simón Rodríguez y Freire, entre otros latinoamericanos han sido los precursores de un accionar pedagógico emancipador, liberador.

“Una sociedad nueva demanda la formación de una persona nueva”, premisa que han entendido las Naciones Unidas a través del Proyecto Milenio (2005), más recientemente, la Organización de Estados Americanos en mayo del presente año, al aprobar la propuesta “Metas Educativas 2021: la educación que queremos para la generación de los Bicentenarios”, con repercusiones en la educación iberoamericana. Laval (2004: 390) afirma la nueva escuela ya no pretende juzgar según un modelo de excelencia o según un ideal de liberación, sino que evalúa según un código de rendimiento. En adelante ya no juzga el mérito o la insuficiencia ontológica de una persona cuyo nivel de conocimientos y los trabajos le permiten ser, o no, investida con un título entregado por una institución, sino que evalúa más bien las actividades, las capacidades para alcanzar objetivos y las competencias aplicadas para realizar un proyecto según la lógica de la producción.

¿Puede América Latina pensar en una educación postmoderna sin haber resuelto los rigores de la modernidad?

No. Porque “Los programas educativos, el conocimiento y la autoridad no están organizados para eliminar las diferencias, sino para regularlas a través de divisiones del trabajo sociales y culturales. En los programas escolares se ignoran las diferencias de clase, raza y sexo o se las subordina a los imperativos de una historia o cultura lineal y uniformes (Giroux, 1996: 154). A ello debe añadirse, lo expresado por Colom y Mèlich, (1992: 60), cuando se preguntan.¿No es acaso la postmodernidad el fiasco definitivo de la educación, y más aun de la educación formal? Ciertamente, se ha intentado acercar la escuela a la sociedad, pero la dinámica de la postmodernidad atenta contra lo que fenomenológicamente sería el eidos de la institución escolar: la jerarquización, la planeación, el control, la evaluación...Todos estos valores se nos antojan imprescindibles en la escuela -educación formal-, y sin embargo, la postmodernidad no los soporta”.

Por otro lado, Diaz Barriga (1995), con relación a la educación escolar: entre la modernidad y la postmodernidad en Latinoamérica, señala la tarea emancipadora a través de diversos niveles “uno es la conformación de un Estado Nacional donde el gobierno responda al interés de cada uno de los ciudadanos; otro es el dominio del mundo y de la naturaleza a través del saber” (p. 214)…. el grado de involucramiento y participación del individuo en la sociedad civil mediante la construcción de un nuevo orden social formado por los ciudadanos libres y autónomos, de ahí que “[...] constituirse en factor de democratización social, al promover el acceso al conocimiento para todos […] al establecer la obligatoriedad de la educación […]” (p. 216). Esta asignación histórica es la que da sentido y forma a la escuela que surge para la emancipación humana a través del dominio de la naturaleza, el acceso al conocimiento para toda la humanidad bajo el ideal pansófico (Comenio, 1988), promover las posibilidades del progreso a través del orden, formar al ser humano en la libertad, para que esté en condiciones de desarrollar sus derechos, operar en la sociedad como un elemento de democratización y propiciar el uso de la razón y la autonomía de la conciencia”.