viernes, 19 de diciembre de 2008

5.3.2.2 Taxonomías, traducción y aprendizaje
La clave del tipo de cambio semántico que conduce al fracaso de traducción completa entre teorías está en las relaciones básicas de semejanza y diferencia -que se adquieren durante la educación profesional- de acuerdo con las cuales se identifican y distinguen entre sí, se clasifican, los objetos del dominio de investigación:
Uno de los aspectos de toda revolución es que algunas de las relaciones de semejanza cambian. Objetos que antes estaban agrupados en el mismo conjunto son agrupados después en conjuntos diferentes, y viceversa. Piénsese en el Sol, la Luna, Marte y la Tierra, antes y después de Copérnico; en la caída libre, el movimiento pendular y el movimiento planetario, antes y después de Galileo; o en las sales, las aleaciones y las mezclas de azufre y limaduras de hierro, antes y después de Dalton. Como la mayoría de los objetos, incluso dentro de los conjuntos que se alteran, continúan agrupados igual, los nombres de los conjuntos generalmente se conservan ("Reflections on my Critics", en I. Lakatos y a. Musgrave (eds.), o.c., 391-454)
Este cambio en los esquemas clasificatorios supone un cambio en las categorías taxonómicas básicas. Se trata, por tanto, de un cambio de significado que no se restringe al modo como las teorías rivales caracterizan su ámbito de referencia, sino que también implica una modificación en la estructura de dicho ámbito. De esta manera, no sólo varía el sentido (la intensión) de ciertos términos, sino también su referencia (su extensión). Esto se puede apreciar fácilmente en el caso de la transición de la astronomía ptolemaica a la copernicana. Antes de esta transición, la Luna era un caso paradigmático de planeta, el Sol también era un planeta y la Tierra estaba fuera de la discusión; después, la Tierra pasó a ser un planeta como Marte y Júpiter, el Sol pasó a ser una estrella, y la Luna se catalogó como un nuevo tipo de objeto, un satélite. Es claro que la extensión del término "planeta", su referencia, se alteró de manera drástica, alteración que no se puede interpretar como una mera corrección puntual en el sistema ptolemaico. Se trata de un cambio que involucra una modificación de las supuestas leyes de la naturaleza junto con una manera diferente de asociar los términos con los objetos del dominio. Y cuando ocurre un cambio de este tipo, tienen que surgir problemas serios de traducción: "¿Por qué es tan difícil la traducción, ya sea entre teorías o entre lenguajes? Porque, como se ha señalado con frecuencia, los lenguajes recortan el mundo de maneras diferentes" (ibid.).
Por contraste, la mayoría de los cambios de significado, aquellos que ocurren en la ciencia normal, no implican alteraciones de la estructura taxonómica del dominio de investigación. No todo desarrollo semántico está ligado con cambios en la taxonomía ni, por tanto, genera inconmensurabilidad.
Un cambio de taxonomía tiene siempre un carácter holista, es decir, nunca se da como una modificación puntual en categorías aisladas. Por ejemplo, cuando se aprende mecánica newtoniana, los términos "masa" y "fuerza" deben aprenderse a la vez, y la segunda ley de Newton debe desempeñar un papel en dicho aprendizaje". También la manera como se identifican las fuerzas y masas en situaciones concretas pone de relieve su dependencia mutua, dependencia cuya forma está dada por la segunda ley. Por esto los términos newtonianos "fuerza" y "masa" no son traducibles al lenguaje de una teoría física, como la aristotélica o la einsteiniana, donde no se asume la versión de Newton de la segunda ley.
Ahora bien, el cambio en la estructura taxonómica, si bien tiene un crucial efecto holista, sólo se refleja en un subconjunto de términos básicos:
La mayoría de los términos comunes a las dos teorías [inconmensurables] funciona de la misma forma en ambas; sus significados [...] se preservan; su traducción es simplemente homófona. Surgen problemas de traducción únicamente con un pequeño subgrupo de términos (que usualmente se interdefinen), y con los enunciados que los contienen. La afirmación de que dos teorías son inconmensurables es más modesta de lo que la mayor parte de sus críticos ha supuesto ("Conmensurabilidad, comparabilidad y comunicabilidad", en T. S. Kuhn, ¿Qué son las revoluciones científicas? y otros ensayos, Barcelona, Paidós-ICE de la Universidad Autónoma de Barcelona, 1989, 91-135)
Es aquí cuando Kuhn pone en claro el carácter local de la inconmensurabilidad, haciendo explícito el supuesto de una considerable base semántica común entre las teorías rivales. Esta base común permitiría que al menos una parte de su contenido se comparara directamente:
Los términos que preservan su significado a través de un cambio de teoría proporcionan una base suficiente para la discusión de las diferencias, y para las comparaciones que son relevantes en la elección de teorías. Proporcionan incluso [...] una base para poder explorar los significados de los términos inconmensurables (ibid.)
Frente a la siguiente pregunta: ¿cómo pueden tener éxito los historiadores al interpretar teorías del pasado cuanto éstas no son completamente traducibles al lenguaje de las teorías actuales?, ¿acaso ese éxito no es una prueba de que tales teorías no son realmente inconmensurables?, la respuesta de Kuhn es que esta línea de crítica parte de un supuesto equivocado, que es la ecuación entre interpretación y traducción. El trabajo de un historiador de la ciencia exige básicamente procesos de interpretación, no de traducción. El historiador se topa con textos aparentemente sin sentido, cuya comprensión exige la construcción de una forma de lectura alternativa, donde se detecten los conjuntos de términos que han cambiado de significado, y donde se descubra, vía la propuesta de hipótesis interpretativas, el uso que tenían dichos términos en el texto original.
Si tiene éxito, al final habrá logrado aprender una nueva lengua. Pero "aprender" un nuevo lenguaje no es lo mismo que traducir ese lenguaje al propio. Tener éxito en lo primero no implica que se vaya a tener éxito en lo segundo. El caso crucial para el científico que intenta comprender una teoría inconmensurable con la propia, es cuando se topa con términos en relación con los cuales no hay en su lenguaje (o teoría) un término o conjunto de términos que tenga la misma referencia. Éste es el caso, justamente, en que el investigador se encuentra con una estructura taxonómica que no es homologable a la suya. En estas circunstancias, el aprendizaje del nuevo lenguaje (teoría) implica aprender a reconocer los referentes de ciertos términos que no son traducibles al propio lenguaje.
La diferencia entre Kuhn y Quine radica en que, mientras Quine supone la universalidad del lenguaje, en el sentido de que cualquier cosa que pueda ser expresada en un lenguaje puede también ser expresada en cualquier otro lenguaje, Kuhn supone la capacidad, en principio, de aprender cualquier lenguaje:
Cualquier cosa que se puede decir en un lenguaje puede, con suficiente imaginación y esfuerzo, ser comprendida por un hablante de otro lenguaje. El requisito previo para tal comprensión, sin embargo, no es la traducción sino el aprendizaje del lenguaje ("Dubbing and Redubbing: the Vulnerability of Rigid Designation", en C.W. Savage (ed.), Scientific Theories. Minnesota Studies in the Philosophy of Science, vol. XVI, 298-318, University of Minnesota Press, Minneapolis)
Este aprendizaje no garantiza la traducción completa porque un léxico limita el rango de mundos, o formas de ver el mundo, que son accesibles. Y aunque los conjuntos de mundos que son accesibles desde dos léxicos diferentes se pueden traslapar, quedará en cada caso un subconjunto que no se puede describir en el otro léxico, el que corresponde a las diferencias locales en las taxonomías. De aquí que cuando se aprende un lenguaje, se aprende a categorizar y estructurar el mundo de una determinada manera, es decir, se adquiere una ontología.
5.3.2.3 Desacuerdos racionales y elección de teorías
Si comparamos los valores a los que Kuhn alude con los que se han propuesto en la tradición, no encontramos nada novedoso. Sin embargo, la novedad está en afirmar que los valores epistémicos condicionan pero no determinan las decisiones de los científicos, lo cual significa que no dan lugar a reglas capaces de generar un algoritmo de decisión.
Estos valores, que son la fuente de las "buenas razones" en la elección de teorías, no dan lugar a argumentos concluyentes por dos razones. La primera es que en los períodos de crisis cada uno de ellos puede ser interpretado de manera diferente por diferentes miembros de la misma comunidad científica. Por ejemplo, qué significa que una teoría sea más simple que otra, y a qué aspectos se refiere la simplicidad, es algo que no queda fijado de manera unívoca por el compromiso de una comunidad con este valor. La segunda razón es que los valores cognitivos pueden entrar en conflicto en su aplicación concreta; por ejemplo, una teoría puede dar predicciones más exactas que otra, pero ser menos fecunda. Esto hace necesaria una jerarquización donde se asigne un peso relativo a los distintos valores.
Pero si los valores epistémicos o metodológicos no determinan las decisiones individuales, ¿cómo llega cada científico a tomar una decisión en la situación de tener que elegir entre teorías rivales? La respuesta es que se requiere que intervengan factores adicionales, los cuales pueden variar fuertemente de un científico a otro; y es aquí donde pueden intervenir factores no estrictamente científicos o incluso extra-científicos. Por tanto, el análisis de la elección de teorías, en el nivel de las decisiones individuales, muestra la confluencia de dos tipos de componentes: los valores epistémicos compartidos y las valoraciones o motivaciones personales.
Otros de los factores pertinentes en la elección se hallan fuera de las ciencias. La elección que hizo Kepler del copernicanismo obedeció, en parte, a su inmersión en el movimiento neoplatónico y el movimiento hermético de su época; el romanticismo alemán predispuso a quienes afectó hacia el reconocimiento y la aceptación del a conservación de la energía; el pensamiento social de la Inglaterra del siglo XIX ejerció una influencia similar en la disposición y aceptación del concepto darwiniano de lucha por la existencia. Otras diferencias, también importantes, son función de la personalidad. Algunos científicos valoran más que otros la originalidad y, por tanto, están más dispuestos a correr riesgos; otros prefieren teorías amplias y unificadoras en lugar de soluciones precisas y detalladas de los problemas, que tengan menor alcance ("Objetividad, juicios de valor y elección de teorías" en T. S. Kuhn, La tensión esencial, México, CONACYT-FCE, 1982, 344-364)
Este tipo de factores, que Kuhn llama ideológicos, conforma la manera particular en que cada científico aplica los valores epistémicos compartidos, la manera en que los interpreta y los jerarquiza en las situaciones donde deja de haber lineamientos claros.
El desacuerdo permitido por el carácter no determinante de la base epistémica compartida cumple una función vital para el desarrollo científico: la distribución de riesgos en los períodos críticos de una disciplina. La existencia de un algoritmo que prescribiera decisiones uniformes podría resultar contraproducente. La situación de elección de teorías es casi siempre una situación de riesgo, pues los científicos tienen que optar entre teorías que no están totalmente desarrolladas, por una parte, y teorías que no es evidente que estén agotadas, por otra. Por tanto, resulta más que conveniente que haya quienes emprendan el desarrollo de las nuevas teorías, y quienes continúen trabajando en las teorías en crisis con la mira de lograr una estimación más o menos confiable de su potencial. Sin el desacuerdo, la investigación correría el peligro de atrofiarse dentro de un enfoque teórico, o de cambiar de enfoque antes de haberlo explotado lo suficiente.
Si hubiera un algoritmo de decisión, los desacuerdos se deberían a que la menos una de las partes en conflicto está procediendo de manera irracional; pero en ese caso las reglas del método permitirían una solución, pues indicarían qué pruebas habría que realizar para obtener la evidencia decisiva. Por lo tanto, todo desacuerdo sería decidible en principio. Sin embargo, los juicios que en un momento dado expresan opiniones encontradas pueden tener ambos razones de peso a su favor, sin que ninguno viole los estándares aceptados o vaya en contra de la evidencia disponible. Pero, sobre todo, en ciertos cortes sincrónicos se puede observar que los científicos no tienen claro cómo se podría decidir su desacuerdo.
Para entender la noción de racionalidad que emerge del modelo de Kuhn, debemos comenzar con el fenómeno de la variabilidad individual. La afirmación de que dos sujetos, en la misma situación de elección de teorías, pueden divergir en su decisión sin que ninguno esté procediendo de manera irracional, va en contra de un principio de racionalidad muy arraigado, que está en la base del modelo clásico: si es racional para un sujeto elegir A en cierta situación, no puede ser racional para otro sujeto elegir B en esa misma situación. Sin embargo, lo que la afirmación de Kuhn revela es que la racionalidad tiene que ver, sobre todo, con aquello que está permitido, más que con lo que es obligatorio.
Para Kuhn: 1) el principal agente de la ciencia, su sujeto, no es el individuo, sino la comunidad; y 2) la elección de teorías no es un suceso que ocurre en un momento determinado, sino un proceso que comienza con un desacuerdo y termina con un nuevo acuerdo.
El considerar a la comunidad como el sujeto que tiene le papel decisivo en el desarrollo científico introduce una dimensión social, imprescindible, en la racionalidad científica. Esto marca otro fuerte contraste con la concepción tradicional donde la ciencia es esencialmente una empresa desarrollada por individuos, que incluso podría trabajar aislados, dado que las supuestas reglas que gobiernan su actividad constituyen un control suficiente para garantizar el acuerdo intersubjetivo sobre sus creencias y decisiones individuales. En la concepción de Kuhn, por el contrario, la ciencia no se puede entender como un juego de una sola persona. Como en los juicios y propuestas de los científicos individuales intervienen preferencias subjetivas, que generan los desacuerdos, y como no hay cánones de evaluación fijos y universales, toda la responsabilidad de resolver los desacuerdos recae en la comunidad de expertos.
Una vez que están planteadas las alternativas rivales, éstas se vuelven objeto de un debate abierto entre los miembros de la comunidad profesional, y sólo las decisiones que resultan del proceso de evaluación y crítica comunitaria pueden calificarse como científicamente racionales. La comunidad es la instancia que controla las propuestas y juicios individuales; al filtrar a través del debate las valoraciones meramente subjetivas -aquellas que no logran reunir el acuerdo de otros especialistas-, la comunidad limita la dependencia de la empresa científica respecto de los sujetos individuales. De esta manera, la comunidad es el tribunal que tiene la última palabra en las situaciones de conflicto.

5.3.3 Feyerabend
Existen teorías científicas sobre un mismo dominio de fenómenos que son inconmensurables. Una teoría científica general incorpora una determinada concepción del mundo y un marco conceptual y un lenguaje propios, de ahí que no se limite a representar o describir objetivamente fenómenos naturales sino que configure objetos, conforme los hechos y, en definitiva, constituya un determinado modo de percepción del mundo. No existen observaciones ni experimentos neutros, sino que éstos sólo son posibles en un determinado marco teórico. Por tanto, dos teorías generales cuyas leyes fundamentales sean incompatibles son, en algunas de sus interpretaciones, tan inconmensurables como pueden serlo dos ideologías diferentes y no pueden existir entre ellas relaciones de inclusión, exclusión o solapamiento.
Según Feyerabend, no existe un conjunto de reglas o criterios metodológicos fijos e invariables que puedan servir de guía al científico en la formulación de nuevas hipótesis y teorías, en la aceptación de teorías ya formuladas o en la elección entre dos teorías alternativas. Y, en este sentido, carece de relevancia metodológica la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación que se había defendido en el empirismo lógico. La historia de la ciencia nos muestra que no hay regla, por incontestable que parezca, que no haya sido, afortunadamente, desobedecida en algún momento, de ahí que reconstruir la historia de la ciencia pretendiendo haber descubierto en ella una racionalidad invariable equivale a empobrecerla en la mezquina búsqueda de claridad, precisión y "seguridad intelectual". Una regla metodológica ampliamente aceptada es aquella que, partiendo de la idea de que los hechos y los experimentos constituyen la base para la aceptación o el rechazo de teorías científicas, aconseja desarrollar sólo hipótesis que sean consistentes con teorías ya admitidas y bien confirmadas y/o con los hechos establecidos; una regla metodológica que, para él, carece de justificación y cuya desobediencia sistemática es incluso beneficiosa para el desarrollo de la ciencia. La adopción de tal regla supone dar por válido el "principio de autonomía de los hechos", esto es, la tesis según la cual "los hechos existen y están disponibles independientemente de que se consideren o no alternativas a la teoría que ha de ser contrastada". Sin embargo, frecuentemente, la evidencia que puede provocar el rechazo de una teoría o, por el contrario, incrementar su corroboración sólo surge cuando se adopta un punto de vista totalmente distinto, porque hay hechos que sólo pueden ser formulados por hipótesis y teorías alternativas. El conocimiento no avanza mediante una sucesión de teorías consistentes entre sí sino a través del contraste entre perspectivas diferentes e incluso incompatibles, de modo que exigir a una nueva hipótesis consistencia con las teorías aceptadas equivale a favorecer a éstas por el simple hecho de ser más antiguas y familiares. Tampoco estaría justificado exigir a las nuevas hipótesis que concuerden con los hechos establecidos, en primer lugar, porque, en realidad ninguna teoría científica cumple cabalmente este requisito y, en segundo lugar, porque, dado que ningún experimento o informe de observación es neutro teóricamente, tal exigencia supondría aceptar acríticamente una determinada "ideología observacional". En consecuencia, lo más aconsejable es desobedecer esta regla metodológica y actuar contrainductivamente, desarrollando hipótesis incompatibles con las teorías y la base observacional establecidas, sin descartar para ello teorías científicas ya rechazadas o ideas provenientes de fuera de la ciencia: de la metafísica, la mitología o la religión. Por tanto, todo vale en la ciencia.